Domingo, 15 de mayo de 2005
- Esa tarde de Carnaval, cuando la Reina, impaciente, esperaba el carruaje en que desfilaría fue cuando se sintió el primer trueno y toda la Vía 40, incluso más allá, empezó a oscurecerse y la multitud a preguntar que como había hecho la junta organizadora del festejo para lograr esos efectos como de noche a plena luz del día -.
Cuando se empezaron a oír las trompetas y los cielos se abrieron y fueron violados los sellos y un carro de fuego apareció, yo, Elíseo, tomé la bandera de mi comparsa y la envolví en el asta, temeroso.
Y por más que tía Eulalia me juré y rejuré que el que bajo en esa carroza ardiente tirada por caballos de fuego, que lanzaban rayos y centellas era el Profeta Elías, estoy seguro que no. Y el próximo carnaval debería repetirse este número en horas de la noche par así apreciar mejor los efectos de luces y no ver la cara angustiosa del conductor que envuelto en un remolino de polvos perfumados, sudores y confite desapareció por los lados del río -.
Por: Gilberto Gómez | Literatura breve | Comentarios (0) | Referencias (0)
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