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Jueves, 24 de noviembre de 2005

R.H. Moreno-Durán

A la memoria de un gran escritor, como lo fue R. H. Moreno-Durán, publicamos este perfil escrito por su amigo Oscar Collazos. Paz en su tumba.

Vía: EL TIEMPO / Óscar Collazos - QUINTA COLUMNA

Un ser de gran cultura literaria y devoción por la escritura.

He conocido escritores de mi generación que, además de ser excelentes escritores, mantienen una devoción casi religiosa por los libros. Mencionaría, entre otros, al mexicano José Emilio Pacheco y al colombiano Juan Gustavo Cobo-Borda. Para ellos, la biblioteca personal no sólo es su mundo sino que es el mundo. No sé si una vida les alcance para leer los libros que acumularon a lo largo de su existencia. Estoy, en cambio, seguro de que el tamaño de sus bibliotecas ha querido ajustarse al tamaño y duración deseados de sus vidas.


Un ser de gran cultura literaria y devoción por la escritura.

He conocido escritores de mi generación que, además de ser excelentes escritores, mantienen una devoción casi religiosa por los libros. Mencionaría, entre otros, al mexicano José Emilio Pacheco y al colombiano Juan Gustavo Cobo-Borda. Para ellos, la biblioteca personal no sólo es su mundo sino que es el mundo. No sé si una vida les alcance para leer los libros que acumularon a lo largo de su existencia. Estoy, en cambio, seguro de que el tamaño de sus bibliotecas ha querido ajustarse al tamaño y duración deseados de sus vidas.

A la devoción por los libros le han añadido una indeclinable devoción por la escritura. Aunque no son ajenos a la vida, parecería que sus existencias fueran esencialmente literarias, capítulos de un gran libro, el que escribieron otros y el que ellos escriben.

R.H. Moreno-Durán, a quien me unió durante muchos años la amistad y con quien compartí en los últimos años la acritud de la discordia personal, era de esa clase de escritores. Si alguna razón tengo para recordarlo tres días después de su muerte, que asumió con tenacidad e ironía, es porque creo que debemos más respeto y lealtad a la obra que escribió que a los rasgos incidentales de su personalidad.

Desde 1973, cuando llegó a Barcelona con los originales de su espléndido libro de ensayos De la imaginación a la barbarie, R.H. no hizo otra cosa que escribir, con calculado sentido de grandeza, las novelas y ensayos que lo convirtieron, al lado de Germán Espinosa, en uno de los escritores más singulares de nuestra generación.

Moreno-Durán forjó una personalidad literaria que él mismo devolvía, mediante innumerables citas librescas, a las grandes tradiciones y a los grandes escritores de su biblioteca personal. Qué digo, de su memoria literaria. Se propuso la perfección de una saga novelística, pensando acaso en el Lawrence Durrell de El cuarteto de Alejandría, y al cabo de una década tenía concluida Fémina suite.

Su inmensa cultura literaria, por la que se paseaba su no menos inmensa memoria de lector, lo convirtió en un crítico que continuaba la línea trazada en Colombia por Baldomero Sanín Cano, Hernando Téllez, Rafael Gutiérrez Girardot y Hernando Valencia Goelkel. Para responder al provincianismo era preciso ser soberbiamente cosmopolita. Sólo así las literaturas de Colombia y América Latina podían mirarse en el espejo del mundo y ser "absolutamente modernas".

Moreno-Durán era un ser inagotablemente divertido y un conversador impenitentemente histriónico, capaz de casar lo grotesco con lo sublime. Cuando se instalaba en "el fantástico proscenio del yo" (Durrell), hacía que su vanidad de escritor fuera una hilarante nota al pie de página de sus libros.

Mambrú y Los felinos del canciller son novelas escritas desde la más implacable ironía. Una guerra tragicómica y una diplomacia de pacotilla dan como resultado obras de esta naturaleza. El escritor había conseguido un acento personal de aguafiestas y una inimitable capacidad de parodiar la realidad.

El dispositivo moral que R.H. encendió para resistirse a la devoradora ofensiva de la enfermedad –me dicen quienes lo frecuentaron– apelaba a la ironía e incluso a la altivez que le conocimos en vida. Es probable que los consejos de su médico hayan sido menos atendidos que los consejos buscados y hallados en los libros que trataban de la enfermedad, último pulso entre la vida y la muerte. Si fue así, Moreno-Durán murió en estado de íntima familiaridad, no sólo al lado de Mónica y Alejandro, sino con los libros que nutrieron su vida.




Por: Gilberto Gómez | Actualidad | Comentarios (0) | Referencias (0)

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